Cuando llueve, el caño despierta: la batalla de Escallón Villa contra la basura y el agua (Cronica y reportaje)


Cuando la lluvia cae en Escallón Villa, el agua no llega sola: arrastra bolsas, botellas y llantas hasta el caño que atraviesa el barrio. Los vecinos, entre la costumbre y la resignación, luchan con palas, botas y ahorros para contener un problema que parece eterno.

Por: Daniel Ricardo

El primero de septiembre, a las tres de la tarde, la lluvia cayó sobre Escallón Villa. No duró más de treinta minutos, pero bastó para que el caño que cruza el barrio se llenara de bolsas plásticas, cartones, botellas y fango.

La escena se repite cada temporada. Los vecinos saben que no importa si llueve poco o mucho: el caño siempre responde igual.


El día martes 2 de septiembre, el cielo permanece gris y húmedo, todavía marcado por la lluvia del día anterior. El viento sopla fuerte, las aves cruzan agitadas el aire, y en el corazón del barrio Escallón Villa un caño se desborda con agua turbia. En su superficie flotan bolsas, botellas restos de cartón y hasta llantas abandonadas. Entre el barro y la vegetación, el caño parece más un depósito de basura que un desagüe pluvial. En la orilla del caño, de lado y lado, hay varias viviendas que son las más afectadas en el recorrido de este. No solo se ven afectada con las altas lluvias, también con las aguas residuales que emergen en su travesía.



El caño de Escallón Villa tras una lluvia intensa. Suciedad, botellas, bebidas y desechos residuales. Foto por: Daniel Ricardo.

“Yo estaba cocinando. Salí un momento a la tienda y cuando regresé, el agua ya estaba al nivel de la calle. Hace mucho tiempo, alrededor del 2014, las fuertes lluvias, afectaron la estructura del cruce peatonal de los residentes y fueron las vecinas del sector quienes recolectaron aportes y lo reconstruyeron”, relata Patricia, madre cabeza de hogar y testigo de cómo el barrio se organiza frente al desastre.

El relato de Patricia no es aislado. Delia Pinto, vecina del sector, explica con preocupación:

El caño lo limpian de la alcaldía solo una o dos veces al año. Si no, entre todos pagamos a una persona particular para que lo limpie con pala y botas. No podemos esperar”.


Delia Pinto, vecina de Escallón Villa, explica cómo la comunidad paga por limpiezas particulares.

El caño atraviesa varias calles: nace en Rafael Núñez y muere en Cristóbal Colón. En las calles aledañas se levantan talleres mecánicos, carpinterías y ferreterías que también generan desechos y todos van a parar al caño. Cada lluvia corta —como la del primero de septiembre, de apenas media hora— basta para colapsarlo.
Ese martes, trabajadores de la Alcaldía removían con esfuerzo y rapidez bolsas y barro acumulados, y llevaban varios residuos en camiones de basura. Alrededor de las tres de la tarde de ese día, se había progresado significativamente con la limpieza.
José Darío, personal contratado de la alcaldía, lo resumió en una frase que resonó entre los vecinos:
“Hace diez años no se limpia este caño a profundidad”.


Personal de limpieza


Para Aníbal, la limpieza no basta. 

En la calle Rodrigo de bastidas nos recibe en su casa Aníbal Andrés Ayazo Gil, con la misma cortesía con la que comparte su historia. Residente en el sector desde 2009, con formación en hotelería y turismo, se ha convertido en un testigo permanente de la transformación —y estancamiento— del caño; con resignación de años.

Con cada lluvia fuerte, el agua se mete a las casas. Uno aprende a convivir, pero nunca se acostumbra”, dice con seriedad.

Cuenta que el problema lo acompaña desde que llegó al barrio. Los vecinos lo advirtieron: cada vez que la lluvia arrecia, el caño se desborda y el agua invade las calles. “Siempre se anegaba”, recuerda. Antes, era la comunidad la que se organizaba para atender la emergencia, balde en mano, sin esperar a nadie más.

Aníbal nunca ha perdido todas sus pertenencias, pero sí ha visto cómo el agua levanta las tejas, se cuela por la sala o por una habitación, y hasta daña un tomacorriente. “No son pérdidas totales, pero igual duelen”, confiesa, con la serenidad de quien ya está acostumbrado a la rutina de la lluvia.

Su crítica es clara: no basta con reparar el caño una vez. Lo que reclama es seguimiento. “Hace falta que la Alcaldía se acerque a la comunidad, que escuche nuestras recomendaciones. Los horarios de recolección de basura, por ejemplo, casi nunca se cumplen. Los operarios a veces dejan las bolsas abiertas en la calle, y cuando llueve, todo termina en el caño. Eso lo empeora todo”, explica con frustración contenida.

En medio de la conversación, deja una reflexión que suena más a súplica que a consejo: el cambio debe empezar entre los mismos vecinos. “Si uno ve a alguien tirando la basura donde no es, hay que concientizarlo. Que no se quede en un regaño aislado, sino que sea un mensaje que corra de voz en voz, entre familias, entre todos”,







Escallón Villa carga con un problema que se repite cada temporada de lluvias, pero en los relatos de vecinos como Aníbal queda la sensación de que no se trata solo de un caño. Es la historia de un barrio que resiste entre aguas sucias y promesas oficiales que se diluyen, mientras la comunidad sigue intentando —con manos propias y palabras sencillas— no dejarse arrastrar por la corriente. Y aunque la costumbre los acompaña, la esperanza de una solución definitiva aún no se ahoga.


Trabajo de corte de mi materia "Periodismo, cronica y reportaje"

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